jueves, 22 de junio de 2017

Más palabras



Creo que voy a escribir un poema.
Me vendrá bien, 
así, como quien no quiere la cosa.
Sin ninguna pretensión artística,
como quien va a comprar el pan por la mañana,
o preparar una tortilla por la noche.
Sin pensar demasiado.
De manera automática.
Solo para soltar los dedos en el teclado y
expulsar cuatro palabras en los versos.
Las que me sobran,
o más bien necesito,
como que los balcones ya no tienen geranios
o que mis ventanas al mundo
se asoman vacías.
Palabras,
para que sepas que esto no es un poema,
solo mentiras,
invenciones a cinco versos,
patrañas a cuatros estrofas.






Photo by Amy Humphries on Unsplash

jueves, 23 de marzo de 2017

En la oscuridad



La muerte de mi mujer ha afectado más a mi hijo pequeño. Nos ha afligido a todos de manera diferente. Reconozco que los primeros meses el dolor me hizo descuidarlos. A ellos, que son los más vulnerables. Mi suegra me sigue reprochado que entonces desapareciera, que me quitara de en medio y no quisiera saber nada de nadie. Durante ese tiempo se los llevó a su casa. Allí el niño ya tenía terrores nocturnos. El psicólogo empezó a tratarnos a los tres. Decía que era un proceso normal de aceptación, que en los sueños se liberan nuestros miedos.
Cuando volvieron conmigo, tenía especial cuidado al acostarlo. Le leía un cuento, lo abrazaba, miraba debajo de la cama, detrás de las cortinas, dentro del armario, y dejaba una lamparita encendida.
Había noches en las que se despertaba gritando, empapado en sudor y aterrado. Entonces me quedaba a dormir con él. Lo notaba entre mis brazos con la respiración acelerada, tan vulnerable que me destrozaba el corazón.  
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viernes, 25 de noviembre de 2016

El día que me sobró Diógenes





El día que te fuiste me sobró puchero para dos. Me faltaron tus camisas, tus calcetines, esos de color gris que te empeñabas en calzar y sobresalían entre los perniles de los pantalones.   No querías los negros, los de toda la vida. Tus chaquetas: la de pana, la negra de paño, la gris de verano. Todas siguen en el armario. Les puse unas fundas. Están en el lugar dónde las dejaste, igual que tus gafas. En la mesita de noche, junto al libro que estabas leyendo. En el mismo sitio, y cerré. No he vuelto a entrar. Tampoco encuentro la llave. La habrá cogido algún gato. No la quiero. Me da lo mismo. O sí me importa, pero no puedo. No sé dónde duermo. A veces aquí, otras allí. Encima de esas bolsas, debajo de esos trapos o al lado de esas latas. Encima de estos cartones... Sigue leyendo en la web de la revista Zoque...



jueves, 25 de agosto de 2016

Palabras






Distantes son
las palabras
y las sombras.
Lejanas como el recuerdo.
Conviven
pero solo existen en la boca,
o en la memoria
confundida.
Olvido del presente,
como las sombras,
y las palabras,
cuando se van
dejando un eco sordo,
agonizante,
rebelde
y remoto.



Foto: Mabel Amber



miércoles, 11 de mayo de 2016

El náufrago






El mar lo trajo y el mar se lo llevó. Apareció en la playa, envuelto en algas y casi desnudo. En la aldea, a lo largo de los años habían visto muchos náufragos. Llegaban deshidratados, con la cara quemada por el sol, algunos vivos y otros muchos muertos. Los habitantes de aquella zona del caribe estaban acostumbrados a tropezar con los cuerpos en las playas. María Zulaida se persignaba cada vez que veía un montículo varado en la arena. A veces solo era una tortuga gigante o los restos de un barco. Pero aquella mañana el mar había escupido un muchacho. Lo llevaron como a otros habían llevado antes a la enfermería del pueblo. El médico lo dio por sano después de que hubiera bebido y comido todo lo necesario. No sabía su nombre, tampoco recordaba qué había pasado. Su vida comenzó justo en el momento que levantó la cabeza en la orilla y vio a María persignándose con cara de espanto. Le dieron un tiempo prudencial. Ya había pasado otras veces, con otros náufragos, todos acababan recordando y volviendo a sus tierras, con sus familias y sus mujeres. Pero este seguía sin saber quién era y de dónde venía. Así que decidieron llamarle Marino porque el mar era todo lo que sabían de él. Lo adoptaron y le dieron un oficio. Ayudaba a los pescadores en la lonja porque nadie lo quería en su barco, pensaban que era de mal agüero llevar a un náufrago a bordo. “Lo que el mar trae el mar se lleva”, decían los más viejos. Incluso las mujeres, velando por su persona, no dejaban que se acercara a la orilla. “Eres hijo del mar, y las madres siempre vuelven por sus hijos”
Acabó casándose con María Zulaida porque decía que ella era su primer recuerdo y el último antes de irse a dormir. La familia de la novia puso reparos al compromiso, sobre todo la abuela, que sabía vaticinar el futuro en la forma de las nubes y en el sonido del viento. Pero como el amor solo es cosa de dos, finalmente celebraron la boda el día del solsticio de verano, por ser el más largo.
A media noche, como es tradición, los invitados se bañaron en el mar para limpiar las almas y atraer la buena suerte e incitaron a la novia que rodearon de flores. Marino cogió entonces en brazos a su mujer y se dirigió hacia el oleaje ante los gritos de los presentes.
Al contacto con el agua, María dejó de sentir los brazos que la sostenían y en vano buscó a su esposo entre las olas. Tal y como vino se fue.
Esta vez lo último que vio Marino antes de dormirse para siempre fue una luz que provenía de la superficie. Le vino a la memoria su nombre, su madre y su pasado, mientras una bandada de peces ascendían hacia la claridad y él se hundía lentamente hacia los fondos inexplorados del océano.
La gente del pueblo empezó a decir que la mar, muerta de celos se lo había llevado, y contaban la historia a sus hijas, para que no se casaran con los náufragos que seguían llegando a las orillas, envueltos en algas y desnudos, confundiéndose con tortugas marinas y despojos de barcos. 



Foto: 贝莉儿 NG